
31 de julio de 2026 • Por Sebastián Otayza Gonzalez
Una reflexión sobre madurez emocional, crecimiento con propósito y la responsabilidad de enseñar a otros desde la experiencia.
Cuando pensé en escribir este ensayo, vino a mi mente la frase atribuida a José Martí: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. No imaginé, sin embargo, que esa frase ya había sido abordada por tantas personas desde tantos enfoques distintos. Me uniré a ellos, porque la frase marca muchas aristas y se puede tratar desde muchos ángulos.
No quiero quedarme en la literalidad. Prefiero leerla como una reflexión sobre capacidades humanas: desarrollar el mundo interno, construir una trayectoria con intención y aprender a compartir lo que sabemos con otros. Desde ahí, la frase deja de ser una lista de logros y se convierte en una forma de pensar la madurez.
Tener un hijo es sinceramente un reto. Siempre lo consideré un hito a todo nivel. A nivel profesional, me hizo ver a los pacientes, procesos y compañeros desde otro ángulo. No necesariamente desde una mirada paternal, pero sí con mayor empatía. Aprendí sobre el concepto de perspectiva: ver el mundo desde la lógica del otro.
Dar como requisito tener un hijo deja fuera a una gran cantidad de personas, por lo que prefiero enfocarlo de otra manera. Una de las características de tener un hijo, según Laura Gutman, es encontrarse con la propia sombra. Con nuestra niñez, traumas, crianza y experiencias de vida, nos vemos obligados a mirarnos y entrar en conflicto sobre quiénes somos y quiénes queremos ser. Esa es, para mí, la reflexión fundamental para madurar como persona.
Y esa madurez no se queda en lo privado: se traduce al mundo profesional. Quien no sabe enfrentarse a sus emociones, a su mundo interno y a sus desafíos, escasamente puede seguir el camino del liderazgo, el crecimiento y la madurez. Por lo tanto, no se trata de tener un hijo. Se trata de desarrollar el mundo interno, elaborar nuestras emociones y saber quiénes somos.
A través de esa reflexión se puede encontrar calma, centro, y no ser atropellado por la realidad. Conocer firmemente nuestras virtudes y defectos nos permite anclarnos mejor en lo que somos buenos, desarrollar lo pendiente y, en suma, ser capaces de dirigir e inspirar a personas, entender los dolores de los pacientes y comprender el mundo de nuestros colegas.
Primera lección: crecer y desarrollarse emocionalmente nos convierte en seres dignos de ser seguidos.
Plantar un árbol, esta metáfora, para mí, habla del desarrollo de una trayectoria: sembrar la semilla de algo, cuidarla y verla crecer. Similar a la parábola de los talentos, donde uno los entierra y otro los invierte, plantar un árbol significa marcar una trayectoria profesional y personal coherente, desarrollarse con intención y con objetivo.
A veces es complejo entender nuestra meta hasta pasados varios años en la adultez. Lo importante es encontrar nuestro horizonte. Crecer como un árbol con propósito no significa no explorar; los árboles también desarrollan ramas. Pero tampoco significa crecer sin intención, como una hiedra o una maleza. Finalmente, ambos crecen, solo que uno tiene una función: da frutos, protege del sol, ofrece refugio y materia prima; la otra solo consume y finalmente es arrancada.
El desarrollo de esta metáfora, desde un punto de vista directivo, muestra que un profesional capaz de liderar debe tener una trayectoria. Debe ser un ejemplo para otros sobre la capacidad de logro y crecimiento, ser una fuente de admiración y orgullo. Tarde o temprano, nos comenzarán a seguir en el camino de la mejora, no necesariamente con nuestros objetivos particulares, sino con objetivos personales y particulares propios.
Segunda lección: convertirse en ejemplo de crecimiento.
Por último, escribir un libro. Los libros son fuentes de conocimiento, mejora, relajo y reflexión. No necesariamente una persona debe escribir una novela de 500 páginas para considerarse completa. Sin embargo, sí debe ser capaz de aportar al conocimiento de otros, no solo consumir contenido, sino también reflexionar y entregar, no dejarlo dentro.
Enseñar a otro a completar una tarea, participar del crecimiento personal del resto o ser responsable directamente del desarrollo profesional de un colega. Además de ser una fuente de satisfacción personal, constituye un aporte fundamental a la sociedad. Se contribuye al esparcimiento del conocimiento, a la dispersión de la experiencia personal, a la aplicación de las destrezas adquiridas y a enseñar con el ejemplo.
Convertirse en algún momento en mentor de otro es un objetivo al que todo profesional debería aspirar. Ofrece una satisfacción infinita ser responsable del crecimiento de alguien más.
Tercera lección: un buen líder entiende que el conocimiento y la experiencia se comparten.
En suma, para ser una persona profesional completa y ser capaz de liderar a otros, hay componentes críticos: el desarrollo emocional, una trayectoria sólida basada en el crecimiento y la capacidad de enseñar, educar y ser maestro en un mundo lleno de aprendices.
No se trata solo de cumplir hitos. Se trata de desarrollar capacidades humanas que nos permitan crecer por dentro, avanzar con intención y dejar algo en los demás. Quien se conoce, quien construye con propósito y quien comparte lo aprendido, no solo hace bien su trabajo: también se convierte en alguien digno de ser seguido.
Utiliza el Mapa de prácticas para revisar cómo estás ejerciendo el nuevo rol e identificar acciones para las próximas semanas.